La web 2.0 es cuna de una revolución sociológica, de la cual no hay regreso. Nada será igual. Con el nacimiento de las redes sociales se ha generado un cambio sustancial en el mundo de las comunicaciones y de las relaciones humanas.

Las distintas redes sociales sostienen a nivel mundial un verdadero exhibicionismo virtual. En el universo digital, todo vale.

Exponen su intimidad a diario más de 950 millones de usuarios de Facebook y otros tantos de Twitter, con un efecto compulsivo, mediante la divulgación y posteo de cualquier tipo de dato personal que va desde una foto familiar, un pensamiento, una opinión, un fragmento de una canción hasta un video erótico.

En el gran océano digital los contenidos que navegan son ilimitados: no hay servidor que aguante esa avalancha. Por lo tanto, el “cloud computing” se puso de moda para alojar “en la nube” toda es inmensa cantidad de información digital, abaratar los costos de alojamiento y acelerar los mecanismos de intercambio de la información.

Este fenómeno de exposición de datos personales en muchos casos, es consecuencia del desconocimiento, el descuido o la imprudencia: se utilizan las redes sociales sin la mínima valoración de que se está facilitando a los operadores de las redes uno de los bienes que más se cotizan en la actualidad: los datos personales.

En otros casos, la entrega de información personal es precedida de la conformidad del usuario que ha sido informado y el mismo acepta libremente las reglas de juego mediante la adhesión a las condiciones de uso y privacidad impuestas por las redes sociales.

Como ejemplo: tomando a la red social Facebook, entre esta y el usuario se celebra un contrato de adhesión mediante un simple “clic” que formaliza el navegante al iniciarse en la misma. Al hacer “clic”, el usuario generalmente sin leer, acepta un universo de declaraciones perfiladas por el proveedor de la red social. El contrato de adhesión ha sido redactado unilateralmente y no da lugar a que el usuario negocie los términos de inclusión. Si no está de acuerdo, se está fuera de la plataforma social. Junto con el “clic”, el usuario cede a Facebook con carácter permanente el derecho de uso sobre cualquier contenido de propiedad intelectual (información, opiniones, imágenes, etcétera), salvo algunas excepciones que consagran las condiciones de adhesión, las cuales definitivamente, nadie lee.

La otra cara de la moneda, es el fenómeno de exhibición que se complementa con el voyeurismo digital, esto es, la acción de aquellos usuarios que buscan perfiles ajenos para “observar” qué están haciendo sus amigos, dónde se encuentran, al mediodía qué almorzaron o si fueron al supermercado, entre otras muchas cosas.

Quienes administran los datos personales que felizmente les entregan los usuarios pueden conocer sus preferencias, orientar su consumo, manipular sus instintos, conocer su ubicación física y controlar la información porque poseen la mercancía y los mecanismos para procesarla.

Ambos fenómenos permiten sostener que el concepto tradicional de intimidad cambió y que hay una delgada línea divisoria que separa lo público de lo privado.

Todo esto no conlleva a ningún juicio de valor en particular sino a una realidad que, como tal, impacta en el universo jurídico y en particular, en la protección de la información personal que regulan las leyes de protección de datos personales en los distintos países.

Los efectos de las circunstancias expuestas en el ámbito judicial son variados: desde formales solicitudes de retiro de contenidos online, revocación del consentimiento informado, demandas de daños contra buscadores y redes sociales por contenidos publicados por terceros, hasta demandas colectivas o “de clase” contra redes sociales por actuar como vehículos de perfiles discriminatorios o violentos, etcétera. Hay para todos los gustos y exceden el marco de este artículo.

Pero los intereses patrimoniales del lector se pueden comprometer en algunos casos puntuales. En efecto, entre otros ejemplos es habitual que se publique (postear) información o datos personales de otras personas sin su consentimiento como una foto de la escuela de sus hijos y sus amigos, un video de la fiesta de cumpleaños de un compañero del trabajo, una tesis de investigación del equipo de la universidad o escuela tecnológica.

Estos casos, que comienzan a proliferar en los Tribunales de varios países, dan lugar a demandas de daños y perjuicios sustentadas en la falta de conformidad por la utilización de datos personales, en el atropello a derechos personalísimos como son la imagen, el honor y la intimidad, en el plagio o la infracción a derechos de autor (copyright) o en manifestaciones injuriantes.

En conclusión, la realidad está demostrando que el striptease de datos personales no sólo puede poner en peligro su seguridad personal y familiar sino también su patrimonio cuando se afectan derechos de terceros, lo que requiere de prudencia al momento de publicar datos personales que comprometen a terceros. Todo ello bajo la premisa americana de stop, think and connect (para, piensa y postea).

Fuente: Segu Info News